En la ciudad de Qamishli, ubicada en el norte de Siria y de mayoría kurda, los cristianos viven en medio de un futuro incierto. La inestabilidad prolongada ha empujado a muchos a optar por la migración, mientras que otros, a pesar del temor y la precariedad, se aferran a la esperanza y a su tierra ancestral.

La identidad cristiana en Siria es compleja y rica. Además de su dimensión religiosa, los cristianos sirios son herederos de la cultura asiria, habitantes auténticos de la región desde antes del cristianismo. Muchos de ellos preservan hasta hoy su lengua y tradiciones.

El éxodo de los cristianos

Qamishli es hogar de varias denominaciones cristianas—ortodoxos, católicos y protestantes—que han coexistido históricamente con otras religiones, como el islam y el judaísmo. Sin embargo, la guerra y el deterioro socioeconómico han alterado profundamente esta convivencia.

De una población aproximada de un millón de personas, apenas 20,000 cristianos permanecen hoy en Qamishli. “En toda la región circundante, solía haber 200,000 cristianos, pero el 75 % ha emigrado. La guerra ha vaciado pueblos enteros,” afirma Sanharib Barsoum, presidente del Partido de la Unión Asiria en Siria (SUP). Fundado en 2005, el SUP se dedica a proteger los intereses de los cristianos en el norte del país y es uno de los pilares de la administración autónoma local.

Entre las principales razones del éxodo están la falta de oportunidades, la inestabilidad política y el servicio militar obligatorio, que ha obligado a jóvenes a participar en una guerra interminable.

Desilusión con el nuevo régimen

La llegada de Hayat Tahrir al-Sham (HTS), un grupo islamista radical, tras la caída del régimen de Bashar al-Asad el pasado 8 de este mes, ha profundizado los temores. “Esto no es lo que aspiramos. Queremos un sistema secular, pluralista y democrático, donde los cristianos tengan un lugar esencial,” afirma Barsoum.

Según el líder asirio, el nuevo régimen corre el riesgo de repetir los errores del anterior si basa su gobierno en ideologías religiosas. “Si esto sucede, nos veremos obligados a luchar nuevamente por nuestros derechos y objetivos,” advierte.

Barsoum recuerda con nostalgia la convivencia que caracterizó a Qamishli en décadas pasadas. “Antes éramos una familia unida, pero el conflicto sembró divisiones que no queremos que se perpetúen en ningún gobierno futuro,” lamenta.

La lucha por la autodefensa

Durante el apogeo de la guerra en 2012, el SUP fundó un brazo armado llamado Sotoro, dedicado a proteger los barrios cristianos. Posteriormente, crearon el Consejo Militar Asirio, ambas fuerzas integradas en las Fuerzas Democráticas Sirias (FDS), de mayoría kurda. La sede del partido muestra con orgullo imágenes de líderes y combatientes caídos, como Said Malke, un fundador secuestrado en 2013 y cuyo paradero sigue siendo desconocido.

George Moshi, pastor de la Iglesia Evangélica Unida en Qamishli, ve la caída de Al-Asad como un cambio positivo, aunque lleno de incertidumbre. “Hay contradicciones entre los discursos de HTS y su ideología radical. Nos preocupa que sus promesas de inclusión no se cumplan,” afirma Moshi. Además, recuerda que durante el régimen anterior se le negó el permiso para construir su iglesia, algo que logró finalmente en 2019 tras la llegada de las FDS. “No creo que este nuevo régimen sea mejor en la gestión de la libertad religiosa,” advierte.

Una Navidad silenciosa

Georgette Barsoum, presidenta de la Unión de Mujeres Asirias, comparte la misma cautela. “Lo que estamos viendo son comienzos preocupantes. Los estandartes y discursos del nuevo régimen nos recuerdan a organizaciones extremistas,” señala.

Por esta razón, las iglesias de Qamishli han decidido limitar las celebraciones navideñas a pequeñas misas y encuentros privados, dejando de lado los carnavales públicos que solían caracterizar esta época del año.

El pecado de fondo

La tragedia de los cristianos sirios es una representación más del sufrimiento que viven las víctimas de la guerra en el mundo, especialmente en regiones como Medio Oriente. Detrás de estos conflictos, que en la superficie parecen religiosos, se esconden con frecuencia intereses económicos y políticos. Sin embargo, el origen de este caos suele ser el odio, una manifestación del pecado de la ira que corrompe al ser humano, empobreciéndolo moral y espiritualmente.

La ira desmedida, arraigada en el rencor y la violencia, degrada la naturaleza humana y empuja al individuo a actuar desde su instinto animal, eclipsando el raciocinio y la gracia. Es en estos tiempos de oscuridad cuando se hace más urgente un llamado a la reconciliación y a la búsqueda de la paz, valores que, si bien parecen inalcanzables, son la única vía para sanar las heridas de generaciones enteras atrapadas en el espiral de la guerra.

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