Como cristianos, es fundamental reconocer que la Biblia no debe tomarse literalmente en todos sus aspectos. Los textos sagrados han sido modificados a lo largo de los siglos, adaptados a distintos contextos históricos y culturales. Nadie puede afirmar poseer la «traducción perfecta» de las Escrituras, ya que estas se basan en manuscritos cuya transmisión incluyó alteraciones y omisiones inevitables. Si bien algunos podrían argumentar que una intervención divina garantizó la perfección de un texto específico, esta creencia resulta ingenua sin un análisis crítico. La madurez en la fe requiere comprender las complejidades históricas y teológicas que dieron forma a los textos sagrados tal como los conocemos hoy.
La importancia de los textos originales en su lengua original
En el contexto de estudio cristiano, los textos originales en su lengua original tienen un valor fundamental. Sin embargo, en el caso de los evangelios cristianos, no contamos con copias en el idioma que hablaba Jesús: el arameo o hebreo. Las primeras citas claras de pasajes evangélicos no aparecen hasta finales del siglo I y principios del siglo II de la Era Común. Estas referencias se encuentran en obras como el Didajé o las epístolas de San Clemente e Ignacio. Lamentablemente, desconocemos el estado exacto de los documentos que estas obras citaban, lo que dificulta rastrear con precisión sus orígenes y fidelidad.
Las Primeras Referencias a los Evangelios
Hacia el año 120, Papías de Hierápolis menciona los evangelios de Marcos y Mateo, así como la Epístola a los Hebreos. Sin embargo, incluso en este periodo, los creyentes cristianos no disponían de un texto evangélico consolidado. Por ejemplo, los pasajes citados por Justino Mártir alrededor del año 160 no coinciden literalmente con ningún evangelio actual; más bien, parecen una concordancia de textos. Esto indica que los evangelios, en sus etapas iniciales, carecían de una forma fija.
En Egipto, Basílides, activo durante el reinado del emperador Adriano (hasta el 160), utilizó una versión del evangelio de Lucas distinta de la que conocemos hoy (cf. Orígenes, In Lucam Homilia 31; Ambrosio, In Lucam I, 1; Jerónimo, In Mathaeum, prólogo; In Titum, prólogo). Por su parte, Marción de Sinope presentó hacia el año 140 una versión del evangelio de Lucas, la cual había sido, según él, expurgada de «contaminaciones judaizantes» (Adversus Marcionem de Tertuliano). Estos ejemplos sugieren que existía una diversidad textual significativa antes de que los evangelios alcanzaran la forma que hoy reconocemos.
La consolidación de los evangelios
Hacia la tercera década del siglo II, los evangelios comenzaron a adquirir una forma más definida y fueron aceptados en algunas comunidades cristianas. Sin embargo, esta consolidación no fue inmediata ni uniforme. Persistió una cierta fluidez textual que no desapareció por completo hasta la época de Ireneo, quien jugó un papel crucial en la definición de los textos canónicos.
Comprender la historia para madurar en la fe
Es imposible precisar con exactitud el momento en que los evangelios alcanzaron su versión definitiva. Aunque la crítica interna sugiere que muchos textos fueron compuestos antes del siglo II, no podemos garantizar que su estado al final del siglo I fuera idéntico al empleado por los valentianos u otras sectas gnósticas. Esta realidad nos invita a reflexionar sobre la naturaleza histórica de las Escrituras y su proceso de conformación. Reconocer estas complejidades no debilita la fe, sino que la fortalece al fomentar una comprensión más madura y fundamentada de los textos sagrados.
La realidad descrita nos llama también a evitar el fanatismo religioso que divide a los cristianos. Si bien la Biblia es una guía espiritual invaluable, no debe ser motivo de discordia. Es necesario aceptar que no puede tomarse al pie de la letra en todos sus aspectos, reconociendo sus discordancias y errores a lo largo de la historia.
Un cristiano verdadero, aunque carezca de instrucción académica, pero actúe con fe y humildad, no cae en disputas innecesarias. Por el contrario, quienes se enredan en conflictos suelen ser aquellos que han estudiado parcialmente y se proclaman conocedores, ignorando las verdades históricas aquí expuestas. La fe madura no radica en defender una «verdad absoluta», sino en abrazar la diversidad y complejidad de los textos sagrados con sabiduría y amor.