Un amuleto de plata de 1.800 años, encontrado en una tumba en las afueras de Frankfurt, Alemania, ha arrojado nueva luz sobre la práctica del cristianismo en el norte del Imperio Romano durante el siglo III d.C. Este pequeño artefacto, que contenía un pergamino enrollado, podría ser la evidencia más antigua del cristianismo en esa región.
El amuleto, conocido como la “Inscripción de Plata de Frankfurt”, fue descubierto en la tumba de un hombre que vivió entre el 230 y el 270 d.C. Lo encontraron justo debajo de su barbilla, lo que sugiere que lo llevaba colgado al cuello. Aunque los amuletos eran comunes en la Antigüedad tardía, especialmente en el Mediterráneo oriental, su presencia en el norte de los Alpes es excepcional. Este hallazgo indica que las ideas cristianas ya se habían extendido más allá de los principales centros de esta fe emergente.
El mensaje oculto en la inscripción
El texto, escrito en latín, comienza con una mención a San Tito, discípulo y confidente del Apóstol Pablo, e incluye una oración a «Jesucristo, Hijo de Dios», destinada a proteger al portador. También presenta el Trisagio, el «Santo, Santo, Santo», conocido en la liturgia cristiana en el siglo IV d.C. La inscripción concluye con una cita casi literal del himno a Cristo de Pablo en su carta a los Filipenses (Filipenses 2:10-11).
Este contenido es significativo no solo por ser exclusivamente cristiano—ya que otros amuletos de la época solían fusionar elementos paganos, judaicos y cristianos—sino también porque destaca una fe decidida en un tiempo en que identificarse como cristiano podía tener consecuencias mortales.
La “Inscripción de Plata de Frankfurt” fue traducida este año del latín al alemán originalmente y de se ha hecho una traducción al español:
(¿En nombre?) de San Tito.
¡Santo, santo, santo!
¡En el nombre de Jesucristo, Hijo de Dios!
El Señor del Mundo resiste todos los ataques(?)/contratiempos(?) con [¿fuerza?].
El dios (?) da entrada al bienestar.
Este medio de salvación (?) protege a la persona que se entrega a la voluntad
del Señor Jesucristo, Hijo de Dios, ya que ante Jesucristo toda rodilla se dobla: los que están en el cielo, los que están en la tierra y los que están debajo de la tierra, y toda lengua confiesa (a Jesucristo).
Una práctica llena de riesgos
En el siglo III d.C., el cristianismo era aún una religión minoritaria y, a menudo, perseguida dentro del Imperio Romano. A pesar de ello, este hombre eligió portar un símbolo de su fe, incluso hasta la tumba. Esto sugiere que la protección ofrecida por el amuleto no solo era física, sino también espiritual, ya que encarnaba su esperanza de salvación y conexión con lo divino.
Reflexiones sobre la vivencia de la fe
El hallazgo de este amuleto nos invita a reflexionar sobre las formas en que el cristianismo se vive y se expresa en distintas épocas y contextos. Durante los primeros siglos, los cristianos adoptaron símbolos y prácticas que, como este amuleto, les ayudaban a fortalecer su fe en medio de adversidades.
Hoy en día, vemos un resurgimiento de antiguas costumbres en las vivencias cristianas modernas. Desde el uso de medallas, cruces o escapularios, hasta el regreso a rituales litúrgicos tradicionales, estas prácticas no solo proporcionan seguridad psicológica, como podría sugerir un especialista, sino que intensifican la experiencia espiritual. Más allá del simbolismo, lo esencial es cómo estos actos ayudan a las personas a vivir su fe con mayor profundidad y autenticidad.
Por ejemplo, los ropajes religiosos como el talit judío, las vestiduras litúrgicas católicas, o incluso las prendas sagradas mormonas (a veces vistas con escepticismo o sarcasmo), son medios para reforzar la conexión espiritual. El uso de imágenes como un medio para vivir y expresar la fe personal es plenamente válido, siempre que se comprenda en su verdadero sentido. No se trata de idolatría, como equivocadamente suelen afirmar quienes no profundizan en la espiritualidad ajena y se apresuran a emitir juicios negativos hacia aquellos que eligen este camino para conectar con lo divino. Las imágenes, lejos de ser un objeto de adoración, actúan como símbolos que inspiran, fortalecen y enriquecen la experiencia de fe de quienes las veneran con auténtica devoción. Asimismo, asistir a reuniones religiosas o congregaciones, portar una corbata o un vestido largo, aunque no sea requisito para ser cristiano, fomenta la convivencia y permite poner en práctica la fe al lidiar con las imperfecciones humanas.
En última instancia, la vivencia del cristianismo trasciende los objetos o rituales. Lo importante es cómo cada persona encuentra su camino para acercarse a Dios y vivir de manera coherente con sus principios, en comunidad o en soledad, fortaleciendo su espíritu y ejerciendo su fe en actos concretos. Este amuleto, más allá de su valor histórico, nos recuerda que la fe es un camino que se vive de manera única e irrepetible, adaptándose a los desafíos y oportunidades de cada tiempo.